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17 febrero, 2014
Avatar: @DavidSoria
21 febrero, 2014

Camboya

Amanece en Angkor Wat.

Situado en la península de Indochina y compartiendo frontera con Tailandia, Laos y Vietnam, el pequeño Reino de Camboya fue el segundo y último país que pude visitar gracias a unos días libres en el trabajo. Me considero todo un privilegiado por ello, ya que pude disfrutar de uno de los amaneceres más mágicos que pueden verse en el planeta Tierra:

Amanece en  Angkor Wat.

Amanece en Angkor Wat.

Lo cierto es que fue un viaje que nos puso al límite de nuestra capacidad. Tanto yo como mi compañera de fatigas estábamos bastante mal del estómago (algo típico estando en Asia: Hasta que la barriga no se te hace a otra cocina, otras especias y demás; irás más veces al baño de lo acostumbrado. No es nada grave, pero para viajar puede resultar un inconveniente) incluso el mismo día que cogimos el avión. Como podéis ver en el mapa, tampoco estaba muy lejos de Filipinas:

Durante cinco días estuve un poquitín más cerca de casa que de costumbre. Camboya (en verde) queda, en línea recta, a la izquierda del archipiélago filipino, dentro del golfo de Tailandia.

Aterrizamos de noche, donde a la salida del aeropuerto nos esperaba un camboyano sonriente con un cartelito que llevaba nuestro nombre, cortesía del hotel donde nos hospedamos. Nos pareció tan simpático que le pedimos que fuese nuestro guía durante todos los viajes. Y así fue, convirtiendo su tuk tuk en el paisaje más visto en nuestra estancia allí. Congeniamos tanto que el último día nos contó sus vivencias durante la guerra civil de ese país.

Ese tuktuk nos acompañó a todos y cada uno de nuestros viajes por Camboya.

Ese tuktuk nos acompañó a todos y cada uno de nuestros viajes por Camboya. Le cogimos tanto cariño al conductor que le regalamos un minidiccionario español-inglés improvisado.

En nuestro primer amanecer en el país (o segundo día, según se mire) trazamos las rutas y optimizamos los recorridos, ya que queríamos ver cuantas más cosas mejor en muy pocos días. Así pues, siguiendo la recomendación de nuestro guía, fuimos “de menos a más”. Pongo comillas porque la impresión que me dio ver los primeros templos fue una sensación tan inmensa que poco tuvo que envidiar a los templos más espectaculares de días siguientes.

Te sueltan en medio de la nada, andas un poco, la jungla se abre ante ti y...

Te sueltan en medio de la nada, andas un poco, la jungla se abre ante ti y…

Porque si hay algo que merece la pena ver de Camboya, son sus templos. Cientos y cientos de templos, construidos en la época del gran Imperio Jemer desde el siglo I hasta el XIII, y olvidados durante años hasta que, un buen día, un pastor se encontró con semejantes construcciones derrotadas por el tiempo y la naturaleza, habitadas sólo por monjes budistas que jamás las abandonaron.

Subir por esas interminables escaleras de piedra, coronar templos ancestrales, desde la salida hasta la puesta de sol, una y otra vez. Genial.

Subir por esas interminables escaleras de piedra, coronar templos ancestrales, desde la salida hasta la puesta de sol, una y otra vez. Brutal.

Nuestro bautismo de fuego consistió en visitar los llamados templos menores, que son los que están fuera de la gigantesca Ciudad Sagrada de Angkor; por lo que pasamos más tiempo viajando que viendo templos. Pero mereció la pena, sobre todo por el último del día:

Un templo enorme, vencido por la naturaleza. Increíble ver de cerca el trabajo de cientos de años de las raíces de los árboles...

Un templo enorme, vencido por la naturaleza. Increíble ver de cerca el trabajo de cientos de años de las raíces de los árboles…

Al día siguiente realizamos el denominado Circuito Grande de Angkor, pero antes nos dirigimos a Tonlé Sap, un lago situado en el centro del país. Es la mayor extensión de agua dulce del sudeste asiático, y tiene una extensión variable de entre 2600 y 25000 kilómetros cuadrados, dependiendo de la estación. Tiene la peculiaridad de que hay muchísima gente viviendo en casas flotantes de todo tipo, incluyendo colegios y un orfanato. Precisamente fue allí donde donamos unos kilos de arroz, acto que agradecieron metiéndonos en una clase y viendo cómo enseñaban y alimentaban a los más pequeños. Lamentablemente ese estilo de vida es bastante peligroso, ya que con la época de lluvias casi toda la población del lago acaba lamentando pérdidas materiales o personales.

Increíbles casas flotantes de todo tipo. Una experiencia increíble.

Casas flotantes de todo tipo. Una experiencia increíble.

El circuito grande nos llevó el resto del día. Increíbles templos centenarios donde destacaría Preah KhanNeak PeanTa Som y East Mebon. Por suerte, me hice con un gorrito típico camboyano que me ayudó a combatir el calor.

Subir, bajar, beber agua. Repetir hasta el anochecer.

Subir, bajar, beber agua. Repetir hasta el anochecer.

Y, por fin llegó el día grande, donde pude vivir la imagen que encabeza esta entrada. El circuito pequeño nos deleitó con los templos más conocidos, donde tengo que destacar por encima de todos (además del gigantesco Angkor Wat) el de Bayon, compuesto por más de 200 caras. No os podéis imaginar la impresión que daba tantísimos rostros: Estuvieses donde estuvieses siempre te miraban.

Podría elegir cualquier foto hipnotizante de Angkor Wat, pero prefiero este payaseo en Bayón, templo del que salí acongojado.

Podría elegir cualquier foto hipnotizante de Angkor Wat, pero prefiero este payaseo en Bayón, templo del que salí acongojado.

En definitiva: Camboya me dejó sin aliento, tanto por las empinadas escaleras de templos milenarios como por el desgaste físico de ver, desde el amanecer hasta el anochecer, todas las bondades de un país con muchísima historia que contar. 

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